Las personas sin hogar y la intervención paternalista

 

Las personas sin hogar y la intervención paternalista

Sé que el blog tiene como prioridad la pedagogía/educación infantil. Pero, en este caso particular, quiero aclarar que todos los colectivos vulnerables, incluido el de personas sin hogar, necesitan ser sanados desde dentro, y no mantenidos como "parásitos" en una sociedad cada vez más superficial. Me gustaría transmitir la sensación que tengo acerca del "sinhogarismo", la base del mismo y la forma de trabajar de algunas instituciones. Atendiendo, de este modo, a mi preocupación por la falta del denominador educativo, tan necesario para el desarrollo integral, la autonomía personal y la inclusión social de las personas. 

    En el ámbito de personas sin hogar convergen muchos más factores, no solo el hecho de estar sin una viviendaEn algunas ocasiones, una persona se queda sin hogar cuando todo lo demás no le ha funcionado, cuando le han flojeado las fuerzas para resistir las cargas y las presiones de la cotidianidad, cuando no se ha sabido llevar bien con la familia y cuando se ha abandonado a la suerte. Es decir, todo lo que acompañó a la persona la terminó venciendo, provocando en ella desaliento y desesperanza.

Y con problemas, cualquier persona es capaz de olvidarse de lo básico: alimentación, descanso, vivienda. ¡Y qué decir de la socialización o la autorrealización! De modo que “persona sin hogar” es solo una etiqueta puesta a los múltiples factores y consecuencias latiendo en el interior de la persona, y arrastrados todos hasta el momento presente.

Por ello, el remedio no es solo cubrir necesidades básicas, sino sanar el interior. Y esto es lo más trabajoso, pero humano. ¿Cuál es el sentido de la intervención social si la persona no logra salir de su estado de desánimo y desesperanza? Se trataría de una intervención paternalista en la que no se produce ni reciprocidad ni cambio. Y desde este paternalismo no se puede arreglar nada, solo cubrir necesidades primarias. Y lo peor es que, en esta forma de hacer está oculta la idea de que las personas sin hogar no tienen remedio, o no lo merecen. Es decir, el mensaje que se transmite a las personas que son mantenidas con pequeñas comodidades (porque para las personas sin hogar, tener una habitación con una ventana ya es una comodidad) es que solo son transeúntes que vagan de un lado a otro, y que tendrán que ir a pedir a otro sitio si no se recuperan por sí mismos. Pero, las personas sin hogar jamás se recuperan por sí mismas, de modo que su destino es vagar por el mundo pidiendo y esperando a que los demás se muestren caritativos con ellas.

Y no digo que esta sea la razón de la pobreza, mucho menos de la pobreza intergeneracional*: porque siempre han habido pobres. Pero sí quiero recalcar que no es la mejor forma de proceder si lo que se pretende es rescatar a la persona de la calle, del pasado, de los temores más profundos, de los hábitos nocivos, de la ignorancia y de todos los males que amenazan la vida.

Además, cuando la intervención tiende simplemente al paternalismo, muchas personas sin hogar se enfurecen en su interior, porque “lo poco que queda de ellas” les avisa que no es ahí donde deben estar, o por lo menos de forma permanente. Por contrapartida, otras personas se convierten en seres pasivos que llegan a rozar la apatía, y que terminan aceptando cualquier destino. Esta actitud me recuerda al estado de “deshumanización” que sufrieron los prisioneros judíos en Auschwitz como una de las fases psicológicas que experimentaron durante el internamiento (Frankl, V., 2015)*. Pero, en cualquiera de los dos casos, agresividad o pasividad, la persona nunca llega a ver más allá, y difícilmente dentro de sí misma. Son actitudes que crean conflictos internos que no terminan de resolverse y se enquistan en el interior, o se resuelven exteriormente en una explosión de malas sensaciones. Y cuando esto sucede, la persona sin hogar se sigue estancando en los problemas que solo ella conoce, y con menos interés que antes para resolverlos.


*Pobreza intergeneracional: pobreza transmitida de padres a hijos, ya no en cuanto recursos, sino en patrones mentales, afectivos y conductuales que empujan a los hijos a repetir el comportamiento de los padres.

*Frankl, V. El hombre en busca de sentido. Herder. Barcelona

Comentarios

  1. Ojalá la sociedad leyera este artículo para cambiar su perspectiva hacia esta gente. Ya que, por lo general (o al menos esa es mi sensación por los comentarios que se suelen oír) se da por hecho que están en esa situación básicamente por 2 razones: el juego y las drogas. Y que si no salen d ella, es porque no son capaces de luchar contra ese/esos vicios. Y la final, mi opinión, es que much@s d ell@s, al ser ignorados y sentirse immexistentes para el resto, acaban metidos en el alcohol y las drogas para así dejar de pensar, de estar durante ese instsnte/momento en la situación en la q se encuentran y olvidar. Sería muy interesante (y necesario) prestarles la atención que merecen para saber realmente qué les pasa; para que, a partir de ahí, darles la ayuda que necesitan. Pero ¿quién va a "perder su tiempo" en lo "más bajo" de esta sociedad? Somos muy egoístas. Me alegra saber que hay gente (como es el caso de l@s educadores sociales) que se dan cuenta de que existen, y que deben ser tratados como personas a las cuáles se les puede (y debe ayudar, no precisamente con una moneda) para que puedan salir de tan desgraciada y dura situación.
    Muy interesante lo que explicas y gracias por dedicar una entrada a esta parte de la sociedad.

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    1. Gracias Mara, opino lo mismo, creo que la sociedad persigue intereses particulares o egoistas, como bien dices, y esconde la pobreza para que no sea vista por los/las demás. Así se incentiva verdaderamente el malestar de los más pobres, porque además de ser pobres se vuelven invisibles.
      Es un rotundo placer escribirte y responderte, un fuerte abrazo para el País Vasco, uno de los lugares en los que más se lleva la educación social!

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