"No soy feliz con nadie porque nadie es feliz conmigo"
"No soy feliz con nadie porque nadie es feliz conmigo" es una sentencia que puede leerse en algunas de las paredes de Murcia, e imagino que en otros muchos lugares. Y siempre me ha parecido una especie de obra de arte y reflejo de una pronta actitud de humildad: reconocer que los demás no están bien con uno porque uno mismo es el causante del mal que hay en su vida. Abordando esta idea desde un prisma psicológico, podríamos hablar de la teoría del apego. La teoría del apego es la raíz de que muchas personas vaguen por el mundo sin encontrar un lugar fijo, un lugar seguro, un lugar en el que estar a salvo. Es una especie de raíz de muchos males sociales de todos los tiempos, no solo el temido "no soy feliz con nadie, porque nadie es feliz conmigo" Ésta es una gran evidencia científica, lo que recibimos en nuestra más tierna infancia es lo que estamos dando a los demás, básicamente porque el cerebro sigue viendo el mundo tal y como lo veía cuando era un cerebro en desarrollo, infantil e indefenso. De hecho, decir "No soy feliz porque nadie es feliz conmigo" es una llamada de auxilio de alguien que ha descubierto este principio, y ha logrado identificar en su vida que algo no va bien, que su actitud frente a los demás y frente a sus circunstancias reflejan aislamiento u hostilidad en situaciones concretas. ¿Cuáles son esas situaciones concretas? ¿Qué es la teoría del apego?
La teoría del apego, descubierta en 1960, pone de manifiesto que un bebé responde según el patrón de crianza y/o cuidado que tenga su padre o cuidador. El experimentó que dispuso de las bases para la teoría del apego fue "la situación extraña". En este experimento se invita a padre e hijos, por parejas, a simular una situación en la que el padre se va, y después vuelve. Tras la vuelta se analiza el comportamiento del bebé. Para asombro de los investigadores, unos bebés respondían de forma totalmente distinta a otros en función del tipo de crianza que tenía el padre o cuidador. Estos son los casos más representativos de la "situación extraña":
1. Apego seguro: el menor recibe calmado y con cariño al padre o al cuidador. No muestra signos de preocupación, se acerca y mantiene la compostura. Vuelve a jugar con él, es cariñoso y cercano. El bebé sabe que su padre o cuidador está con él y responde a sus demandas alimenticias, afectivas, psicológicas, de modo que no tiene necesidad biológica de alterarse ni de idear un plan de supervivencia.
2. Apego evitativo: el menor está calmado, pero no recibe a su padre o cuidador. Continúa con lo que está haciendo, es indiferente a la vuelta del padre o el cuidador. El bebé no tiene dificultad en jugar con su padre o cuidador, pero desde una actitud pasiva y distante. El bebé idea un plan evitativo con el que defenderse de un padre evitativo, actúa desde la lógica y no pone en marcha sus emociones. De hecho, las reprime.
3. Apego ambivalente: el menor no está calmado, recibe al progenitor alterado y entre sollozos. Se pone a llorar y se echa a los brazos del progenitor. El bebé teme que el progenitor lo deje, y se abraza a él con fuerza. En este caso, el bebé se deja llevar por el lado más emocional de la persona, anulando la lógica. En este caso, el bebé teme la reacción del padre, quién unas veces está y otras no, y responde con un aluvión emocional.
4. Apego desorganizado: el menor se tira al suelo, se pone a llorar y a jadear. Muestra preocupación y temor hacia su padre o cuidador. No sólo no lo recibe sino que teme el encuentro con él. El bebé no está en sintonía consigo mismo, se aprecia en él un aluvión emocional desconcertante y preocupante. En estos casos se produce la "paradoja biológica", son los casos de aquellos bebés que viven con padres o cuidadores que los maltratan. El cerebro cortocircuita al ver en la fuente de su cuidado la misma fuente de su amenaza. Un lado del cerebro le atrae hacia su cuidador, otro le aleja: se produce un desorden a escala neurológica y psicosomática.
Estos son los cuatro casos que reflejan la teoría del apego, aquella que nos dice a los seres humanos que necesitamos, con total dependencia, de un padre o cuidador que nos quiera, y que nos cuide como es debido. Es decir, atendiendo a nuestras demandas fisiológicas, psicológicas, afectivas y emocionales. Cuando hay respuesta a todas estas demandas se da el apego seguro, modo ideal para que un bebé, y posterior adulto, pues le permite explorar el mundo sintiéndose a salvo.
Si no se produce el apego seguro se puede dar: a) el apego evitativo, modo en que el cerebro para protegerse del rechazo y el abandono emocional o afectivo, desarrolla una estrategia evitativa y de aislamiento; b) apego ambivalente, modo en que el cerebro se descontrola emocionalmente cuando algo parece inseguro o inestable, por padres inseguros o inestables, y responde con una estrategia que hace buscar sin control la fuente de su cuidado; d) el apego desorganizado, tipo de apego corrosivo para la vida, caracterizado por la falta de confianza en los demás y una alarmante temor a las relaciones, en estos caso el cerebro se cortocircuita e incapacita para idear un plan de supervivencia. Los cuatro tipos de apego son una reflejo aproximado de las formas en las que nos relacionamos entre nosotros, cada uno a su manera y según lo que ha recibido en su entorno doméstico. Por supuesto, el patrón cultural es de una influencia máxima en la forma que reproducimos la crianza y el cuidado de los demás, porque el cerebro no atiende a razones cuando se trata de cambiar algo que ha recibido, aunque esté en contra de la biología y los principios de la reproducción y el desarrollo humano.
Después de analizar brevemente las derivaciones del apego, podemos entender mucho mejor por qué una persona no es feliz con nadie porque no es feliz en su mundo. Hay tres zonas relacionales en las que nos podemos encontrar, la verde, la azul y la roja. La zona verde refleja equilibrio y bienestar, la azul aislamiento, y la roja reactividad y hostilidad. Dependiendo de lo que identifiquemos en nuestro mundo y en nuestras circunstancias actuaremos en una zona u otra. Puesto que la memoria no sabe distinguir lo que era de lo que es, tiende a ver y a reproducir nuevamente lo que ha adquirido en el tiempo de su desarrollo porque, por encima de todo, es un aparato cómodo, diseñado para guardar y sobrevivir. Y lo que guarda la memoria son los patrones que nos conducen a lo largo de la vida, si no nos adentramos en ellos, y reproduce allá donde vamos los entornos, circunstancias, promesas y relaciones que ya ha tenido. En el fondo es el órgano más potente de la supervivencia: nos aleja de lo que entiende que es una amenaza, y nos lleva a las fuentes que entiende son buenas y tranquilas. Sin embargo, la memoria no puede distinguir, solo puede actuar en consecuencia. Vivir desde patrones aprendidos es vivir con limitaciones, porque todo y todos aquellos que fueron limitantes en la infancia lo seguirán siendo, de alguna forma, en la edad adulta. Porque la memoria no puede ofrecer la garantía de que lo que vivimos es distinto, solo ve aquello que ha conocido.
El mayor condicionante de las relaciones sociales son las relaciones que tuvimos en la infancia, y aquí es donde entra la teoría del apego: a) si nuestro padre o cuidador nos evitó, la memoria reproduce situaciones similares, y actúa en consecuencia poniendo en marcha los mecanismos del cerebro para evitar las emociones y los sentimientos. Se dan los casos de personas frías y distantes, ajenas la mayor parte del tiempo a la responsabilidad y el compromiso social; b) si nuestro padre o cuidador no supo exactamente cómo cuidarnos, unas veces estuvo atento y otras no, entonces la memoria manda el mensaje de que las personas que queremos pueden estar y no estar, y se activan los mecanismos cerebrales de la alerta, con una gran carga emocional y sentimental, con llamadas de atención y preocupación por la intermitencia de un padre o cuidador. Se dan casos de personas extremadamente dependientes de los demás, obsesionadas con su imagen social y con el impacto que tienen en los demás. Temen perder los vínculos sociales y desarrollan "tics", obsesiones y hasta permiten vejaciones por no perder su estatus social; c) si nuestro padre o cuidador, y este es el caso más grave, nos hizo daño cuando tenía que amarnos, entonces el cerebro entra en un estado de desorden y desorganización, no sabe cómo actuar, y actúa perdiendo todo el control. Se dan casos de personas rebeldes y disruptivas, muchos terminan en la delincuencia o el aislamiento máximo. Desarrollan una gran desconfianza hacia las personas, y pueden reprimirse a sí mismas con vicios y obsesiones; d) si nuestro padre o cuidador nos atendió en todas nuestras dimensiones, alimenticias, psicológicas, afectivas, y se hizo presente de manera veraz y calmada, se da el apego seguro. Se dan los casos de personas exitosas en la vida que ven el mundo un lugar seguro y pueden poner en marcha todo lo que tienen, que es muy bueno, para llevar a los demás sus vidas. El cerebro logra autorregularse y llegar a un estado de equilibrio entre los razonamientos y las emociones. Éstas personas pueden ser una especie de bendición, pero nadie está exento de caer en la propia auto-idolatría, de modo que reciben la vida como un regalo y tienen mecanismos muy oportunos para enfrentar los cambios y las adversidades, pero deben lidiar consigo mismos y con los cambios evolutivos y psicosomáticos que se dan en todas las personas de manera igual.
Ahora bien, cuando una persona no es feliz con nadie porque no es feliz consigo misma, está reproduciendo un apego dañado y desconfiado que le hace estar en zona azul (aislamiento) o zona roja (hostilidad), y termina abandonando los planes o las personas con las que comparte algo. Entonces se da una gran infelicidad, mayor aún cuando no hay un tejido social que sostenga a la persona. En estos casos se dan todo tipo de anomalías y problemas sociales, porque la persona no se vale por sí misma para tener relaciones sólidas y no es capaz de apoyarse en nadie sin que por ello tenga que pagar un precio, el precio que nos hace pagar la memoria cuando no tenemos "memoria" de ello. Vive reproduciendo el estado de su infelicidad, y actuando en consecuencia origina lo que Viktor Frankl denominó la "profecía autocumpliada", porque termina atrayendo hacia sí lo que ya vive en su interior y para lo que su cerebro le prepara, de modo que los demás terminan defendiéndose o apartándose de ella. Una autora exponencial y deslumbrante es Marián Rojas Estapé, toda su obra es un elogio a este paradigma de la evolución humana, nos habla de la atracción y respuesta del organismo hacia situaciones que nos recuerdan algo que vivimos, y aunque ella nos habla de la respuesta hormonal y neurológica, merece la pena indagar.
Con todo esto, debemos hacer una llamada a la esperanza, en la obra de Siegel y Bryson, se da una frase que podría traernos una nueva luz, y a mí me encanta: "la historia no es el destino". Todos podemos responder ante nuestras vidas y ante lo que hemos recibido en la infancia, ya sea el abandono, la indiferencia o incluso los malos tratos. Los autores de esta gran obra lo denominan, y con toda seguridad es una herramienta utilizada en psicoterapia, la Narración Coherente. Este recurso consiste en valernos de nuestro razonamiento para llegar a entender nuestros recuerdos, y adentrarnos en la memoria desde el convencimiento firme y seguro de que lo que hemos vivido, especialmente si es malo, no es más que un episodio de nuestra vida, es decir, no es nuestra vida, sino algo que vivimos en un momento puntual y, aunque pudo no ser de nuestro agrado, no debe ser así siempre. Si vivimos el abandono debemos estar convencidos de que no hemos nacido para el abandono, sino para la acogida y el afecto; si vivimos la incapacidad y la intermitencia emocional debemos estar convencidos de que hemos nacido para la estabilidad y el amor incondicional; si hemos vivido los malos tratos debemos estar convencidos de que ese no es el mundo que nos rodea, y aunque se presenten peligros, ya nada es tan terrible como parece. En todos estos casos se trata de volver a lo que pinza el corazón desde la memoria, recurriendo a la pregunta socrática para con uno mismo, y responder de forma valiente y sincera: ¿porqué actúo de esta forma? ¿Cómo influye la forma en que me cuidaron en mi comportamiento? ¿Cómo cuidaron de mí? ¿Cómo me sentía? ¿Me vi abandonado, frustrado o decepcionado? ¿En qué momentos? Conecta contigo mismo, lleva tus pensamientos a ese estrato de la memoria que se oculta tras mecanismos dañinos para sobrevivir, y date el consuelo de que la vida no es lo que has imaginado, sino algo más grande y pleno.
Estar vivo es un regalo, pero podemos pasarnos la vida ahuyentados y ahuyentado, enfadados y enfadando a los demás si no logramos adentramos en el corazón del niño que sufre y jadea en nuestro interior. Solo conociendo este niño y lo que ha vivido en su tierna infancia puede transformarse un "no soy feliz con nadie porque nadie es feliz conmigo" en un "soy feliz con todos porque todos son felices conmigo", dando por sentado que la vida de este niño se ha desarrollado y ha adquirido nuestras potencialidades y dones como adulto, y que puede hacer frente al mundo sin caer en los episodios de su infancia de una forma nueva, vital y deslumbrante. En cierta forma es desengañarnos y descubrir que tenemos nuevas y mejores posibilidades para vivir en comunidad, para amarnos y amar a los demás.
Habrá que volver una y otra vez a lo que pinza el corazón, pero hacerlo aumentará nuestras posibilidades de éxito en la vida y con los demás, y mejor aún, podremos entender mejor nuestro cometido en la vida, desde el sólido convencimiento de que nuestras vidas siempre, siempre son más de lo que aparentan ser.
Siegel, D. & Bryson, T. (2020). El poder de la presencia. España: Barcelona. Ed: Alba
Siegel, D. & Bryson, T. (2011). El cerebro del niño. España: Barcelona. Ed: Alba
Rojas Estape, M. (2018). Cómo hacer que te pasen cosas buenas. España. Espasa
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